Declaración
El terremoto me llevó a regresar a mi tierra natal por primera vez en treinta años.
Nada más empezar a vivir allí, sentí una extraña incomodidad.
Mezclada con la nostalgia aparecía la sensación de encontrarme en un lugar desconocido. Los paisajes erosionados por el paso del tiempo convivían con otros que habían sido nuevamente transformados.
El hecho de no haber vivido el terremoto en primera persona también hizo surgir en mí un silencioso sentimiento de culpa.
Mi relación con mi tierra natal se había vuelto profundamente ambigua.
Para mí, mi abuela era la única pista que me permitía confirmar mi vínculo con aquel lugar. En su vida cotidiana y en los pequeños matices de sus palabras, intentaba percibir un tiempo firme que permaneciera inalterado.
Sin embargo, incluso eso estaba cambiando lentamente.
Cada vez que la veía, sus hombros eran más delgados y su voz más tenue.
Su presencia parecía anunciar la llegada inevitable de «aquel momento». Incluso aquello que creía inmutable cambiaba de forma antes de que pudiera advertirlo.
Los seres humanos somos como hojas caídas, arrastradas y sacudidas por la corriente.
Tomo la cámara como si intentara detener el tiempo.
Cada vez que pulsaba el obturador, mi corazón vacilaba.
¿Tengo derecho a fotografiar este lugar si no conozco su dolor? ¿Es posible que no esté viendo nada?
Aun en medio de este conflicto, solo podía creer que existían cosas a las que únicamente podría llegar mediante el acto de fotografiar.
Mientras continuaba fotografiando, aquello que antes era invisible comenzó poco a poco a adquirir un contorno tenue.
Las personas viven junto a la tierra, y la tierra, a su vez, existe junto a las personas.
Vivimos en el espacio donde se cruzan las cosas que desaparecen y las que continúan naciendo.
Por incierta que sea la vida, las personas poseen la fuerza para aceptar y superar.
Es una luz silenciosa pero firme que habita en lo más profundo de nosotros.